La guerra santa de los narcos evangelistas de Río

 La guerra santa de los narcos evangelistas de Río

La fe o la vida. Ese es el dilema de los seguidores de las creencias populares de origen africano como el Candomblé y Umbanda. También los católicos y sus curas. Sin mencionar a los Testigos de Jehová que tienen muchas dificultades para entrar en esos barrios marginales. Todos son el objetivo de una nueva modalidad de bandas de narcotraficantes que dominan las favelas de Río de Janeiro. Se los conoce como los “narcos evangélicos” y en los últimos meses lanzaron una “guerra santa” contra cualquiera de las otras religiones que se practican en los territorios que ellos dominan.

Los narcotraficantes se convierten al evangelismo en las cárceles. Cuando salen, siguen delinquiendo, pero al mismo tiempo atacan cualquier otra expresión religiosa que consideren “diabólica”. Una investigación de la Universidad de Río de Janeiro muestra que 81 de las 100 organizaciones religiosas que trabajan en temas sociales dentro de las cárceles son evangélicas. La Iglesia Universal del Reino de Dios tiene un verdadero ejército voluntario de 14. 000 miembros que van a adoctrinar a los presos. Esto hizo que, desde hace dos años, algunas de las organizaciones criminales comenzaran a identificarse no sólo con la sigla que los engloba a nivel nacional y dentro de las cárceles, sino que también se reivindican como evangelistas. La profesora Christina Vital da Cunha, de la Universidad Federal Fluminense, que lleva años estudiando el fenómeno de la evangelización en las favelas de Río cree que “algunos pastores e iglesias apuestan estratégicamente por convertir a los líderes más importantes de las bandas”.

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Los predicadores hicieron su trabajo más profundo con los miembros del Terceiro Comando Puro (TCP), uno de los carteles más poderosos de Río de Janeiro que nació en 2002 en la favela de Complexo da Maré. “Las conversiones –explica la profesora Vital da Cunha- ayudaron a inculcar una nueva moralidad evangélica religiosa en el grupo criminal mientras libraba una guerra de conquista contra otras bandas en el extremo norte de Río, exactamente donde se habían establecido muchos seguidores de religiones afrobrasileñas”.

Jorge Duarte, el sacerdote en el templo Candomblé más antiguo del Parque Paulista, en Duque de Caixas, a una hora del centro de Río, recuerda cuando el Tercer Comando Puro tomó el poder en ese barrio hace unos siete años. “De pronto, todo cambió. La comunidad de mi infancia, bucólica, distante de la ciudad, con el catolicismo y las religiones africanas coexistiendo, desapareció. Los católicos se habían cambiado al evangelismo. Y ahora, el grupo narco dominante también”, contó en una entrevista con un reportero estadounidense. “Y desde el año pasado comenzaron con los ataques. Varias veces balearon una iglesia católica que está acá debajo de la favela y otros templos de hermanos Umbanda”. Duarte recibió la “visita” de tres sicarios quienes le apuntaron con sus armas y le dijeron que tenía tres días para cerrar el templo e irse. Después balearon el frente de la casa. Se fue.

Robert Muggah, profesor de la Pontificia Universidad Católica (PUC-Rio) y el Instituto Igarapé, es uno de los especialistas en el fenómeno del narcotráfico y el crecimiento de las iglesias evangélicas. “El cristianismo carismático está en aumento en todo Brasil. Casi un tercio de todos los brasileños se identifican como evangélicos, frente al 5% en la década de 1960. Y se espera que el censo nacional de 2020 muestre un crecimiento significativamente mayor. En Río, donde la población evangélica aumentó un 30% en la primera década de este siglo, y entre ellos algunos de los narcotraficantes más notorios que afirman estar difundiendo el evangelio”, describe Muggah en una columna que escribió para The Conversation. “Desde 2016 hubo un fuerte aumento de crímenes por motivos religiosos en Río de Janeiro, en particular ataques contra “terreiros”, los templos de las creencias del Candomblé y Umbanda”.

Según la Comisión de Lucha contra la Intolerancia Religiosa de Brasil, más de 100 centros religiosos afrobrasileños en todo el país fueron atacados por grupos de narcotraficantes en 2019, un aumento con respecto a años anteriores. Una línea directa nacional de emergencia creada para informar sobre tales ataques encuentra que el 60% de los incidentes reportados entre 2011 y 2017 ocurrieron en Río de Janeiro. La persecución de estas religiones afrobrasileñas, cuyos seguidores son en gran parte pobres brasileños negros, se suceden desde hace siglos. “Pero la ola de intolerancia religiosa que se registra ahora es más personal y más violenta que en el pasado. Como informó recientemente el Washington Post, los sacerdotes afrobrasileños están siendo hostigados y asesinados por su fe. Los practicantes de Candomblé y Umbanda temen abandonar sus hogares. Se ven obligados a cerrar los “terreiros debido a amenazas de muerte”, comenta el profesor Muggah. Hasta septiembre de este año, fueron más de 200 incidentes violentos de intolerancia religiosa. En todo el 2018, habían sido 92.

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El aumento de los delitos de odio religioso coincide con la creciente influencia política y cultural de los evangelistas en Brasil. El Frente Parlamentario Evangélico o “bancada evangélica” es un grupo de 199 diputados (de los 513 que componen el Congreso Nacional brasileño) y 4 senadores (de los 81 del Senado Federal) que pertenecen a diferentes partidos de ambas cámaras, pero tienen un estrecho lazo en común: son miembros de la Iglesia Evangélica y ejercen presión en el debate sobre el aborto, la religión en las escuelas, el matrimonio homosexual y otros temas sociales. En los últimos meses impulsaron medidas como la ley para reducir la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años o el Estatuto de la Familia que no reconoce a las parejas homosexuales. También propician eliminar los ministerios de Cultura y Ciencia y Tecnología. Y fue una de las fuerzas más importantes que llevaron al ultraderechista Jair Messias Bolsonaro a la presidencia. En un texto de apoyo que se leyó en todas las iglesias evangélicas durante la campaña, la bancada decía que había que votar a Bolsonaro porque “la defensa de los valores ciudadanos, de la vida y de la familia están por encima de todo” y para “proteger a nuestros niños de un futuro desastroso”. “Es nuestro deber como legisladores y hombres de bien”, dijeron. El flamante presidente retribuyó con un movimiento muy simbólico. En su primer acto público acudió al culto de la Assembleia de Deus Vitória en Cristo. Habló en el púlpito donde repitió una frase que recitaba en campaña junto al pastor Silas Malafaia, quien ofició su tercer y actual matrimonio: “estoy seguro de que no soy el más capacitado, pero Dios se encarga de preparar a los elegidos”.

Y dentro del evangelismo brasileño, las denominaciones de más rápido crecimiento son las iglesias pentecostales y neo-pentecostales de línea más doctrinaria, como la Asamblea de Dios y la Iglesia Universal del Reino de Dios. Ambas predican lo que lo que llaman “doctrina de la prosperidad”, que promete la salvación personal y el éxito financiero a las personas que confían en Dios, trabajan duro y eliminan todo el alcohol, el juego y otros vicios. Este mensaje es el que adoptan, en forma muy poco ortodoxa, los narcotraficantes de las favelas.

Más de un tercio de los ataques violentos de este año contra templos afrobrasileños y de otras nominaciones ocurrieron en la Baixada Fluminese, una de las zonas más peligrosos de Río. Según el Instituto de Seguridad Pública de Brasil, 2.147 de los 6.714 asesinatos reportados en el estado de Río en lo que va del año ocurrieron en la Baixada Fluminense. Ese lugar es también el asentamiento “natural” de la población negra más pobre. Y donde florecieron por años los cultos populares de Candomble y Umbanda. También trabajan allí varios sacerdotes católicos “del Tercer Mundo” que en los últimos meses comenzaron a recibir amenazas, así como sus fieles y colaboradores. El propio papa Francisco, en su visita a Río, habló de las dificultades que estaba teniendo la iglesia en algunas zonas del país y enumeró el asesinato de tres sacerdotes durante un supuesto robo.

Todo esto hizo que hubiera reuniones entre referentes de diferentes religiones y cultos en Río de Janeiro para coordinar acciones conjuntas. En septiembre, unas 100.000 personas participaron de “la caminata anual por la libertad religiosa”, una de las procesiones más concurridas desde que comenzaron estos actos ecuménicos hace 12 años. Evangélistas, católicos, bahá’ís, budistas, judíos y Hare Krishnas llenaron la icónica playa de Copacabana en Río. Vestidos de blanco, el color tradicional de las celebraciones religiosas de Candomble y Ubanda, marcharon en solidaridad con los afectados por esta “guerra santa”.

Fuente: Infobae

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